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Ese oscuro objeto de deseo llamado The Sonics.

The Sonics

The Sonics son algo sucio. Son el típico grupo que muchísima gente escucha, pero muy poca lo admite. Música que se confunde con puro sonido sin distinción, guitarras poco definidas y voces graves, pero que nos hacen vibrar. Alguien una vez me dijo que eran música sucia. Y en cierta manera creo que “sucia” es el adjetivo que mejor define la música de este quinteto de los años 60.

Después de muchos años sin tocar, The Sonics han vuelto este año a los escenarios. Y evidentemente han envejecido, ya no son esos jovencitos con chupas de cuero y gomina en el pelo. Pero con estas premisas y mucho miedo a la decepción, fui al concierto que dieron en el Primavera Sound el pasado viernes.

La gente estaba expectante. Veinte minutos antes del concierto la gente empezó a apelotonarse delante del escenario Estrella Damm. Ahí había gente de todo tipo, pero con un objetivo común: bailar como locos.

The Sonics salieron al escenario puntuales, y vimos que sí, que han envejecido. Pero es uno de esos envejecimientos dignos, no un demacre destructivo como los Rolling Stones. The Sonics son señores, rockeros, pero unos señores.

Nos deleitaron con las canciones más conocidas, con algunas menos conocidas, pero nos hicieron bailar, que era el objetivo. Boss Hoss, Cinderella, Have love, will travel, Walkin’ the dog, Money, Strychnine fueron algunos de sus temazos. Incluso tocaron ese “American rock anthem” llamado Louie Louie. Mantienen ese oscuro sonido guitarrero y sus voces siguen intactas. No montaron un gran show en el escenario, pero creo que nadie esperaba eso, solo queríamos escucharlos. En las primeras filas centrales la gente enloquecía tema tras tema y se montó una auténtica pista de baile de los años 60.

El saxofonista fue casi el único que habló. Entre canción y canción iba contándonos la historia de cada tema, del grupo, de sus componentes. Y tal vez cortaba un poco el rollo, pero era maravilloso escuchar a una leyenda viva hablando de lo que significa para ellos la vuelta a los escenarios y del miedo que tenían. Y cuando la música sonaba, todos nos daban una lección: de cómo tocar un saxo, de cómo tocar una batería cogiendo las baquetas del revés, de cómo dominar el piano magistralmente, de cómo hacer un solo de guitarra y que la gente no pare de bailar.

El concierto terminó por todo lo alto con Psycho. Había pasado ya una hora y media y a mí se me había pasado el tiempo volando, igual que a la mayoría de gente que tenía alrededor. De hecho, la música paró y yo seguía necesitando bailar.

The Sonics son como una droga que cuando pruebas no puedes dejar. Y después del concierto me siento cual yonkie de extrarradio, no puedo dejarlos.

Fotos: alterna2